Microrrelatos irrelevantes, irreverentemente cortos

“Los microrrelatos son en prosa lo más parecido a la poesía; o sea, lo máximo a través de lo mínimo.” (Ana María Matute)

Mini prólogo

Dice Ana María Shua, en referencia a los microrrelatos, que ella cree en la teoría del clic, y que por eso, este tipo de narraciones breves requieren unos 20 segundos de silencio, para que se produzca ese clic de comprensión en la mente y así poder disfrutarlos mejor.

El microrrelato es un género literario que precisa lectores de mentes ágiles y profundos conocimientos, y que además, posean una alta capacidad de atención. Necesita lectores que prefieran un picotazo directo a un zumbido obsesivo e inacabable, la intensidad a la languidez, morder más que masticar, hacer un viaje al centro más que hacia un horizonte que se aleja sin cesar. Un buen microrrelato viene a ser algo así como un pequeño lingote de oro de capela, el más puro según los alquimistas; y no es fácil obtenerlo. Para logarlo, hay que escarbar profundamente en la tierra baldía de la imaginación, encontrar una veta, extraer la piedra, y a continuación, pulirla con paciencia hasta sacarle brillo. Es un trabajo arduo en el que intervienen el minero que cava, el orfebre que pule y el jardinero que poda, y que, como en la Santísima Trinidad, resultan ser siempre la misma y única persona.

Cada microrrelato es básicamente un pequeño cosmos que hay que comprender, y por eso en cierto modo, produce fatiga. Un libro de microrrelatos no es para leer de un tirón como si fuera una novela; es todo lo contrario, algo así como una caja de bombones, si uno los come todos de golpe resultan empalagosos. 

No se sabe con exactitud cuál debería ser el número de líneas o de palabras que ha de tener un buen microrrelato. Nadie se pone de acuerdo en sus dimensiones formales, aunque Lao Tse lo sentenció en su día de forma definitiva: un nudo bien hecho no necesita mucha cuerda.