En la muerte de Luis Sepulveda

“Antonio José Bolívar Proaño sabía leer, pero no escribir.

A lo sumo, conseguía garrapatear su nombre cuando debía firmar algún papel oficial, por ejemplo en época de elecciones, pero como tales sucesos ocurrían muy esporádicamente casi lo había olvidado.

Leía lentamente, juntando las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara, y al tener dominada la palabra entera la repetía de un viaje. Luego hacía lo mismo con la frase completa, y de esa manera se apropiaba de los sentimientos e ideas plasmados en las páginas.

Cuando un pasaje le agradaba especialmente lo repetía muchas veces, todas las que estimara necesarias para descubrir cuán hermoso podía ser también el lenguaje humano.

Leía con ayuda de una lupa, la segunda de sus pertenencias queridas. La primera era la dentadura postiza.

Habitaba una choza de cañas de unos diez metros cuadrados en los que ordenaba el escaso mobiliario; la hamaca de yute, el cajón cervecero sosteniendo la hornilla de queroseno, y una mesa alta, muy alta, porque cuando sintió por primera vez dolores en la espalda supo que los años se le echaban encima y decidió sentarse lo menos posible.

Construyó entonces la mesa de patas largas que le servía para comer de pie y para leer sus novelas de amor…»

Este es un fragmento de la mejor novela que yo haya leído nunca sobre el cuidado de la naturaleza y el amor hacia el prójimo. Se titula “Un viejo que leía novelas de amor”, escrito por el narrador chileno, Luis Sepúlveda, afincado en Gijón desde el año 1997 y con él que coincidí en alguna que otra ocasión siempre con unas sidras de por medio. Me acabo de enterar de su fallecimiento y me he quedado paralizado. Mi homenaje postumo será volver a leer aquella maravillosa novela. Se lo debo, me lo debo. Que la tierra te sea leve, amigo.