La deuda

El día que Samuel Castro cumplió los noventa y cuatro, se asomó al precipicio del tiempo y sintió por primera vez el vértigo de la edad.

Entonces recordó que al serle concedida la vida, le fue extendido un cheque valorado en tiempo, eso sí, tiempo prestado que debería devolver en cómodos plazos diarios a lo largo de su vida. El impago de la deuda implicaba el embargo del resto de los días por parte de la muerte.

Por aquél entonces Samuel Castro se sentía tan cansado, que esa misma noche decidió dejar de pagar.