Relato ganador del 53º Concurso de Cuentos de Navidad “Gloria Fuertes”

Es posible que la Navidad no sea el mejor momento para abandonar este mundo. Puede que ninguno lo sea, aunque mi abuelo siempre decía que no importaba tanto la fecha porque al fin y al cabo eso no suele depender de nosotros. Según él, lo verdaderamente importante era vivir palpitando en consonancia con los latidos del mundo, porque de esa forma, cuando el insobornable dueño de la guadaña viniera a rebanarnos el futuro, se llevaría con él una vida bien aprovechada.

Mi abuelo ya no volverá a decirnos nada porque el pobre nos dijo adiós hace una semana, precisamente en el centro de unas fiestas navideñas que para él carecían totalmente de importancia.

Desde que yo recuerdo, el abuelo Anselmo siempre había vivido con nosotros. Se mudó a esta casa cuando falleció la abuela Berta ya que mi madre no quería que se sintiera solo. Fue un hombre rescatado del asombro que tuvo la suerte de vivir con esa inocencia y esa serenidad tan solo al alcance de los seres más puros. A los ojos de quienes no lo conocieran podía parecer algo huraño o desalentado, pero mi abuelo tenía esas razones suyas que los razonamientos ajenos no acertaban a comprender, por eso, en ocasiones, se le podía ver sobrecogido lamiendo sus heridas a la vista de todos.

En casa conocíamos la existencia de su más preciado tesoro. Estaba en la habitación del fondo, al lado de un anaquel repleto de libros. Era una caja de madera noble donde a lo largo de los años había ido almacenando lo que para él era su inventario de migas de pan para poder encontrar el camino de vuelta. A menudo nos decía que solo la abriéramos el día que él faltase, y además, insistía en que fuera yo quien lo hiciera.

—Marieta —me decía— la mayoría de cosas a las que uno puede agarrarse para bregar en la vida, no son materiales, pero existen también una serie de objetos físicos que forman parte de esa brega; algunos  consiguieron desbrozar una vereda escarpada, apagar un bosque en llamas o salvar a un hombre de morir ahogado en su propia rutina. Son esas cosas memorables que por sí solas apenas alumbran pero que en conjunto hacen que resplandezca el sentido de una vida. No son muchas, caben todas en un modesto cajón; a veces, en una caja de cerillas.

—Cuando yo ya no esté —añadía— ellas seguirán estando, y además, seguirán siendo. Conservarlas, Marieta, y trata de amarlas como hice yo.

Nadie se va del todo si alguien lo recuerda, si alguien, en este lado de la orilla, se molesta en salvaguardar lo que él amó en vida, si se niega a pensar en él como ausente, si conserva sus objetos más preciados, sus caricias, sus palabras, sus gestos. Ninguna imagen se disuelve del todo si la ves reflejada en el río de la vida desde la otra orilla de la muerte. Nadie muere del todo si nunca llega a ser para nosotros una taza vacía o un par de zapatos huecos.

Cuando esta mañana entré en la habitación del fondo, unos hilos de luz se acababan de filtrar entre las láminas de la veneciana e invadían la estancia coronándola de ámbar. Cogí la caja, la deposité con cuidado encima de la cama y la desprecinté. Al abrirla, sentí la emoción contenida de quien abre una carta de felicitación o un regalo de cumpleaños. Ahí dentro estaban, esparcidos como gotas de lluvia, los objetos de brega rescatados por mi abuelo y que daban fe de su existencia. Lo primero en lo que me fijé fueron unas diminutas piñas de alerce, ese árbol con un cierto aire enmarañado (como si se acabara de despertar y no se hubiese peinado todavía). Olían a resina y a helechos. Me extrañó que estuvieran ahí porque eran unas piñas típicas de la Navidad, y si había una fecha en el calendario que mi abuelo detestase con especial aversión, esa se llevaba la palma. Recuerdo que en las celebraciones navideñas él nunca estaba, o si estaba, parecía ausente, como si su cuerpo arrastrase la prolongada pesadumbre de una tristeza antigua.

Continué escarbando. En la caja había algunos poemas que él mismo había mecanografiado con su vieja Olivetti Lettera 22, un libro de cuentos, unas hojas de orquídea disecadas, un reloj de bolsillo… estaba tan absorta descubriendo objetos, que cuando de pronto vi a mi hermana pequeña dentro de la habitación, me sobresalté. Dijo que llevaba un rato ahí, observando. Creo que percibió mi fascinación y se quedó de pie, inmóvil, en silencio, respetando la liturgia de ese instante. Le pregunté qué quería y me dijo que venía a que le diera “su beso” porque se marchaba al colegio. Llevaba puesto el disfraz de pastorcilla, aquel con el que mamá me vistió años atrás cuando en el colegio colocaron el Belén viviente, y de paso, aprovechamos para darle nuestras cartas a los Reyes Magos.

Recuerdo el ritual. Los Magos de Oriente rodeados de su sequito, sentados en sus tronos de cartón piedra y ataviados con abrigos de seda natural y largas túnicas. Baltasar adornaba su rizada cabeza con un turbante del que sobresalían tres plumas blancas; en cambio, los otros dos venerables ancianos lucían aquellas coronas de pedrería y cristal esmaltado que tanto nos deslumbraban a los niños. La maestra nos sacaba al patio, colocaba a todos en fila de cara a sus majestades y, poco a poco, cada Rey nos iba llamando aleatoriamente por nuestro nombre. El Rey Baltasar se fijó en mí.

—Acércate bonita —me dijo—, a ver que has pedido este año…

Yo me aproximé con cierto reparo dando pequeños pasos y fijando la mirada en el suelo porque sentía una mezcla de vergüenza y miedo, puede que fuera su figura imponente, el brillo de su vestimenta, y él, tan serio, tan negro, tan Rey Mago… Me sentó en sus rodillas y con una voz profunda pero melodiosa me dijo que todo cuanto había solicitado a sus majestades me sería concedido; y aún más, se me concedía el don del entendimiento y de la percepción, con ellos, atraparía según él, todas esas crisálidas de luz llamadas oportunidades que cada día renacían para transformar el mundo en un mundo mejor. Dijo también algo así como que no tratara de buscar la felicidad en ninguna parte porque estaba dentro de mí. Por último me dijo que le diera un beso de despedida y me hizo prometer que todo cuanto habíamos hablado debería quedar entre nosotros como parte de un acuerdo tácito para embellecer el mundo. Al besarlo, mis labios se impregnaron de un sabor a óxido que a buen seguro tenía que ver con la capa de betún que cubría su cara.

Nunca supe quien suplantó a aquel Rey Mago con la voz ronca y el rostro embadurnado de azabache. Imaginé que sería alguno de los maestros de la escuela o alguien contratado por ellos para teatralizar la entrega de nuestras cartas a los Reyes. Tampoco me importó. Lo importante fue que aquella conversación me había conmovido.

Continué sacando pequeñas reliquias de la caja; todas, de alguna u otra forma traían a mi memoria la figura imperturbable del abuelo… el mechero de yesca con el que encendía sus Bisontes, la petaca de aluminio y cuero viejo que los domingos llenaba de aguardiente antes de ir al futbol, un anillo plateado con una inscripción en su interior, una foto familiar de estudio en la que solo lo reconocí a él y a mi madre cuando era pequeña; un sobre azul mercurio,  y en su interior, una carta manuscrita de la abuela junto a una fotografía suya virada en sepia y que enmarcaba, como en un sello filatélico, el canon absoluto de la belleza… Yo no llegué a conocerla ni tampoco recordaba el hecho luctuoso, porque sucedió hace muchos años y en casa nunca se hablaba de la efeméride, pero hace un par de días, mi madre nos contó que la abuela Berta había fallecido también en Navidad, al igual que el primer hijo que tuvieron, y que dejó este mundo precisamente un día de Reyes a causa de una neumonía cuando el pobre tenía tan solo tres añitos.

Así es como supe que esas eran las heridas que el abuelo se lamía en público ante la incomprensión ajena. ¡Cuánto dolor… y cuánta compasión sentía ahora hacia él!

La mañana estaba siendo realmente emotiva. Tan solo habían transcurrido unas horas desde que entré en la habitación, sin embargo, yo las estaba percibiendo con la vastedad y el apasionamiento de una vida inabarcable. Ya no quedaban objetos por descubrir ¿O sí?… parecía que algo quedaba. En el fondo de la caja, debajo de un pañuelo de seda que le habían regalado cuando el hombre se jubiló, había una postal navideña escrita por él a mano que decía: A lo largo de la travesía algunos vientos te serán favorables, pero también te enfrentarás a violentas tormentas. No cedas a las inclemencias del destino y mira siempre a la vida de frente; recuerda que la felicidad no hay que buscarla en ninguna parte porque está dentro de nosotros mismos. FELIZ NAVIDAD, pequeña, y justo al lado de la postal, una cajita metálica de betún.

(Javier Viraje)