Carta contra el olvido

1º Premio en el XVII Concurso de relatos cortos LEOPOLDO ALAS CLARÍN

Lausanne, 20 de abril de 2001

Querido Demetrio:

Hoy hace justamente tres años que tuve conocimiento a través de mi hermana de la desgarradora realidad sobre un hecho hasta entonces desconocido para mí: el fusilamiento de mi padre cuando yo no había cumplido aún los dos años de edad. Clara me lo contó a la salida del cementerio tras el sepelio de nuestra anciana madre, a la que tú tan bien conocías y tanto apreciabas por ese cariño con el que siempre te trató cuando éramos niños.

Desde entonces he querido hacerte llegar esta breve carta, se lo debo a ella. Me siento deudor de una misiva que intenté escribir en varias ocasiones aunque nunca supe cómo. Es una deuda de gratitud con los recuerdos que mi madre, voluntaria y dolorosamente, decidió dejar atrás. A ella no sólo le debo el haberme dado la vida, sino el haberla preservado intacta y plena para mí, protegiendo desde el principio lo más frágil en la vida de una persona: su infancia. Ella percibió con sabia intuición que mi felicidad pasaba por ocultarme la terrible verdad que rodeaba la ausencia de mi padre. Y así lo hizo.

Uno asume la derrota de una forma más o menos congruente para evitar entrar en un bucle de dolor y de abandono. Así la asumió mi madre y así es como pudo eliminar todo rastro de rencor a la hora de reconstruir el edificio de su maltrecha vida. 

Querido Demetrio, desde esa distancia donde el tiempo nos permite recordar lo acontecido a modo de fugaz caleidoscopio, no sé tú, mas yo sí tengo ahora una sensación agridulce con respecto a aquella etapa que nos tocó vivir y que, sin embargo, siempre sospeché más dichosa de lo que en realidad debió ser. Mientras jugábamos a “la guerra” con fusiles de madera, arcos, tirachinas o bombas de harina eran muchos los que en silencio sufrían la humillación y el desprecio sin que nosotros notáramos nada; y es que la inocencia, Demetrio, va íntimamente unida a un paraíso que se fundamenta en una edad y en un tiempo muy concreto.

El tiempo, con esa capacidad para extinguir las cosas materiales, no puede sin embargo hacerlo con los hechos ni tampoco con la vaguedad de lo ocurrido, ni mucho menos con ciertas jornadas tan memorables como placenteras. El tiempo, que es en esencia un parsimonioso transcurrir de asombros, revelaciones o hechos, no ha logrado disipar el apego que tú y yo nos teníamos y que ahora me traslada mentalmente a aquellos parajes estivales cuando en compañía de los hermanos Canales, o Juancho, o Pello el pelirrojo, o el Chato Clauidín pasábamos la tarde remojándonos en el entonces caudaloso riachuelo que bordeaba el pueblo y del que hoy en día, según me cuentan, tan sólo queda la cicatriz de una brecha empolvada. Pero el tiempo tampoco puede extinguir el frío inconsolable que nos penetraba hasta el tuétano durante las clases de geografía o de álgebra en aquella escuelita con las paredes de adobe y que nosotros mismos nos encargábamos de encalar cada año cuando llegaba el mes de Pascua.

Aunque ya no tan niños, seguíamos siendo como hermanos ¿no sé si tú lo recuerdas? Yo, Demetrio, no necesito recordar aquello que nunca he olvidado.

Íbamos creciendo, sí, pero mientras nosotros nos erguíamos altivos y joviales, mi madre enterraba su altivez agachada entre viñas y zarzales o transportando, desde la estación del ferrocarril al mercado de abastos para su venta, pesados cajones de madera llenos de naranjas o de pomelos procedentes de tierras levantinas, y que, con amargura recuerdo, muchas veces le eran confiscadas o sustraídas o arrebatadas por algún guardia desalmado.

La vida se endureció especialmente para ella. Como en toda victoria mal gestionada los vencedores se apropiaron no sólo de los bienes de los vencidos sino también de sus sueños. Creo que la indiferencia con la que sus propios vecinos la trataban la mermó definitivamente. Fue entonces cuando decidió que lo mejor sería comenzar en otro lugar  lo más alejado posible de aquellas tierras, buscar un rincón más amable para vivir donde no hubiera que estar expuestos a diario al rigor de miradas obscenas. Para ella iba a ser una manera de coger aire, una forma más de luchar contra los fantasmas del recuerdo que a menudo la paralizaban, el intento feroz de una mujer envalentonada dispuesta a no rendirse ante un porvenir incierto.

No estoy de acuerdo, Demetrio, con los que relacionan la huida con la resignación. Pienso que nadie es tan valiente como aquel que toma decisiones verdaderamente dolorosas, aunque poco o nada comprensibles para quienes nunca han padecido dolor alguno.

Obviamos el ritual de la despedida. Lágrimas, las justas. Tú y yo ¿recuerdas? nos fundimos en un prolongado abrazo y sin decirnos nada nos dijimos un hasta pronto, y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un hasta no se sabe cuándo.

Clara sufrió la que más porque era la que más dejaba. Nos marchamos los tres. En tren. Una fría mañana del mes de marzo. Salimos por la puerta infame de la derrota sabiendo que entrábamos en el abismo del desarraigo. Querido Demetrio, el desarraigo es abismal por cuanto tiene de abandono, de incertidumbre. Aparece de pronto, sin ser llamado, y cuanto menos te lo esperas entra en ti para quedarse; intangible como es, acompañará al desarraigado a lo largo de su existencia debido a la capacidad que tiene para instalarse en esa zona de la mente donde la memoria permanece por siempre sitiada. Todo aquello susceptible de ser olvidado se convierte entonces en una pugna entre la verdad que resiste las acometidas del desencanto y la realidad indolente que mira para otro lado. Y es que el olvido, Demetrio, va de manera ineludible adherido al dolor. Olvidar produce angustia, la angustia sufrimiento y el sufrimiento marcas en el rostro y surcos en el alma.

Mi hermana Clara me contaba hace poco lo sucedido el día en que acompañó a mi madre a la consulta del doctor Gardner nada más llegar a Suiza. Llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño y con un exceso de ansiedad. Al entrar en el despacho, ella estaba tremendamente asustada. Tras un leve reconocimiento y una breve conversación, el doctor le dijo que olvidar hechos dolorosos era también una forma de conservar intacta la memoria. Me contó Clara cómo de inmediato mi madre hizo suyas las palabras del doctor y cómo se dejó derrotar por segunda vez.

Querido Demetrio, no te cansaré más narrando hechos que tú conoces bien, tan sólo algo respecto de mi madre que me impresionó sobremanera y que sí quiero compartir contigo. Tiene que ver con la bondad, la dignidad y el decoro al que ella se aferraba incluso en las situaciones más desesperanzadoras.

En cierta ocasión, el gerente del hospital donde estuvo trabajando los últimos años antes de su jubilación nos hizo llamar para comentarnos algo.

Uno de los pacientes de la planta de oncología, con la enfermedad ya muy avanzada, le había dicho que la limpiadora era una mujer extraña.

─¿Extraña por qué? ─le preguntó el gerente.

─Porque todas las mañanas cuando termina de limpiar la habitación se sienta a mi lado y me coge la mano, enjuga mis lágrimas y me abraza.

El decoro, Demetrio, funciona siempre como un resorte en los seres bondadosos y va adosado a la piel de aquellas personas que se muestran afables y discretas. El decoro en mi madre consistía en unir a su natural sentido para el afecto humano la dignidad con que afrontaba cada acto vital.

Terminó siendo feliz. Se marchó al otro mundo rodeada de sus hijos y arropada por todos sus queridos nietos. Creo que sólo una cosa le faltó por hacer antes de morir, algo tan sencillo e íntimo como haber podido depositar unas violetas sobre la fosa común donde seguramente fue arrojado mi padre tras su ejecución, algo que tal vez yo aún pueda realizar.

Hace tres años lo supe, Demetrio. Uno de los que fusilaron impunemente a mi padre y a otros quince vecinos del pueblo, fue el tuyo en compañía de varios falangistas la noche del 16 de agosto de 1939. Supe también que tú lo has sabido siempre, o al menos a partir de una determinada edad. Fue así cuando comencé a entender muchas de las cosas que para mí habían pasado desapercibidas. Comprendí, entonces, la reticencia de tu madre a que jugáramos juntos y el énfasis que ponía en distanciarnos, y entendí, sobre todo, la lucha interna que tuviste que padecer al lidiar contra ti mismo durante aquellos años mozos. Priorizaste nuestra amistad mediante una omisión piadosa, como lo demuestra el hecho de que nunca me contaras algo que probablemente la hubiera roto de manera traumática.

No conocí a mi padre, lo sabes. Tuve que imaginar una forma de vida no vivida, un rostro angelical siempre sonriendo y capaz de protegerme en la distancia estelar en que yo lo ubicaba, o durmiendo en el fondo del océano como me habían contado.

Hoy la imagen de mi padre ha perdido la sonrisa y su rostro angelical se ha desvanecido. Hoy lo veo representado en aquel cuadro en el que Goya plasmó a los resistentes fusilados tras el dos de mayo a las afueras de Madrid. Está en primer plano, con una camisa blanca agitando los brazos y preguntando ¿por qué?

No quiero ese perdón que otros damnificados reclaman. El perdón, similar a la caridad o a la esperanza, adquiere categoría de virtud teologal. El virtuosismo al que yo apelo tiene que ver con la honradez,  el humanismo y el afán por la justicia.

Querido Demetrio, en la pared lateral de la fachada de la iglesia del pueblo, justo a la derecha del pórtico, como bien sabes, están esculpidos en mármol los nombres de los mártires del municipio Caídos por Dios y en defensa de la patria. Me parece correcto. Los vencedores honraron a sus muertos. Lo que yo te pido es la ubicación de otra lápida que recuerde y desagravie a los dieciséis fusilados del municipio, entre ellos mi padre, una vez finalizada la incruenta contienda civil que los enfrentó durante tres largos años.

Te lo pido, no como alcalde de mi pueblo que ahora eres. Te lo pido, casi te lo suplico, como amigo de la infancia que fuiste. Y te lo pido, sobre todo, en el nombre de quien tanto te quiso,  te lo pido Demetrio en el nombre de mi madre.

(Javier Viraje)